
UNA VUELTA
AL MUNDO
Desde 2012 Vertigo Graffiti ha viajado por el mundo contando historias, creando universos y descubriendo realidades a partir de relatos que terminaron convirtiéndose en murales. Gracias a estas experiencias nuestro equipo se consolidó como uno de lose colectivos artísticos con mayor impacto y proyección internacional de América Latina.
Los invitamos hacer un recorrido visual por los últimos 14 años de nuestras vidas.
Prisma Afro, Cartagena, 2012. Artistas: Word, Ecks, Zas, Skida, Ospen, Yurika, Dexs.


Las ciudades no son sus postales. No son la quietud de paisajes detenidos. Una ciudad es un territorio de disputa entre lo visible y lo invisible. Lo primero, encarnado en las personas, arquitecturas y formas que la habitan; y lo segundo, conformado por las ideas, las intenciones y los deseos que son su soplo de vida. En sus calles, el fenómeno físico y tangible puede desorientar: las siluetas sustanciosas que somos —la carne y hueso transeúnte— llaman la atención preferente y distraen. Pero no están solas. Es en el escenario invisible —su instancia emocional— donde una ciudad realmente empieza a existir. Y solo existe por su naturaleza tensa y contradictoria. Por su pugna.

Más que personas, diría Pessoa, somos símbolos. Símbolos repletos tanto de dudas como de convicciones, de juicios y de apetitos, de malestares y de sueños. Seres duales que rebotan entre su naturaleza y sus espacios privados y públicos. En lo privado, todo está bajo control y recato. Encerrados en cuevas y edificios de apartamentos nos sentimos más seguros, pero somos menos potencia. Seres en vísperas, a la espera de salir al espacio público para, de manera voluntaria o como un simple gesto inercial, chocar, amparar o imponer, completando de esa manera nuestra razón de ser y la de la ciudad.
El beso de los invisibles, Bogotá, 2013. Artistas: Word, Ecks, Zas, Yurika, Jade (2013), Word, Yurika (2021).
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Una ciudad y sus ciudadanos solo son en esos encuentros, instantáneos o duraderos, frívolos o mortales. Y los resultados de esa comunión —violentos o consensuados— los definen y los orientan. Las reacciones que causan, lo visible de cara a lo invisible, constituyen la realidad y la imaginación. Lo salvaje y lo civilizado no suponen el fin de una confrontación, sino su trámite: el triunfo o la derrota de lo emocional sobre lo físico. Todo sucede afuera. La calle es testigo y arbitro.

Generación Pérdida, Miami, 2017. Artistas: Word y Ecks.

Mirada Compartida, Amberes, 2018. Artistas: Word, Ecks, Zas y Yurika.

Emociones y personas dejan rastros. Son formas de cercar territorios o juegos de niños para no extraviarse. Cada quien recorre la ciudad de arriba a abajo, casi siempre entre caminos predecibles, dejando tras de sí un sendero personal; como en aquellas acciones artísticas de Richard Long en las que caminaba —una y otra vez— entre pastos para crear formas, alterando el paisaje. Una profunda reflexión y justa premonición del devenir diario en la ciudad. Somos seres predecibles y conservadores en nuestras rutas, y a cada paso vamos dejando una cadena de huellas que nos muestran el camino de regreso al sosiego y la esperanza del hogar. La cotidianidad irrevocable de salir para querer volver a salvo.

Desde luego, no todas las huellas —como bien lo sabe el cazador de la fiera— son la misma. Sutiles como migajas tiradas al piso, contundentes como el freno que hace chillar la llanta, o simbólicas como la mancha de pintura, emergen en la ciudad contemporánea. Esas manchas tan comunes y controversiales, que aparecen y desaparecen, no son más que rastros de un otro. En eso consiste su importancia elemental: el rastro de pintura refleja un alguien que, como cualquier otro peatón, existe y habita un espacio de ciudad. Está y es: un reclamo de existencia y continuidad.
Lectura Salvaje, Ottawa, 2018. Artistas: Word, y Ecks.



Goya: la vendedora de pescados de oro, Cartagena, 2019. Artistas: Word, Yurika y Ecks.
Semillas humanas, Amán, 2019. Artistas: Word, Yurika y Ecks.

Muchas veces incomprendida, la mancha se repudia. Nada que extrañar cuando una de las formas de encuentro de la ciudad —cuando se enferma y languidece, une siga creciendo— es el repudio por los demás. La mancha es un recordatorio de un cuerpo y un espíritu más allá de cada quien. Es una interrupción de la ilusión de soledad: ese anuncio publicitario tan aceptado, pero tan mendaz. Nadie está realmente solo en la ciudad. Las manchas en la pared descartan de tajo al personaje solitario y vanidoso. Alguien ya pasó por ahí. Cada esquina le pertenece a docenas de pasados.

La mancha es política cuando sucede en la calle. Sin excepción, como todo aquello que ocurre en la ciudad ante, contra o para los demás, supone y propone una conversación en potencia. La política en su dimensión más básica y relevante. La mancha es el monólogo —uno de tantos— del que brota un diálogo eventual. Ya sea la mancha solitaria o la mancha conformada —también conocida y ponderada como el mural—, refiere un asunto de debate, una posición que puede ser descartada o aplaudida. Política fragmentada en partículas atómicas. Los murales, ahora tan relevantes y tan comunes, son por esto y ante todo el inicio de una conversación pública, una marca multicolor de una o algunas disputas de emociones, apetitos y deseos ahora visibles, palpables y patentes.
Niñez de cafetal, Estambul, 2019. Artistas: Word, Yurika y Ecks.


Hermandad, Estambul, 2019. Artistas: Word, Yurika y Ecks.
El mural es un umbral entre la esencia física y la sustancia emocional de la ciudad. Su binomio constitutivo. Aparece para dar materia a lo invisible y hacer trascender los pellejos. Un purgatorio visual en el que transeúntes y peregrinos son interpelados en sus pecados y bondades. El evangelio y el látigo. El mural interrumpe ese camino predecible del ciudadano al confrontarlo con una imagen que, así sea por indiferencia o antipatía, transforma cada recorrido. Un compañero silente a cada paso.
Caminantes, San Salvador, 2019. Artistas: Word, Yurika, Ecks, Darwin y Abraham.


El abrazo, San Salvador, 2019. Artistas: Word, Yurika, Ecks, Darwin y Abraham.

La lucha del mural y de su autor no es la lucha por la atención que grita, es la lucha sensible de la interrupción de lo cotidiano. Lo gris y lo plano son lo fácil y lo manso en la ciudad; el color y la forma son el esfuerzo y la apuesta. Reclamos de un diálogo en ciernes que, aprovechándose de la fantasía resuelta a partir de la imagen, invita a reconocer la identidad propia —esas espinas— a partir de una expresión ajena, pero cercana y de sangre tibia.

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Gaitero de fiesta, Sao Paulo 2019. Artistas: Word, Yurika y Ecks.

La imagen del mural confina un universo. En la calle nada es lo que es. Así como afirma Santiago Castro Pulido en su serie de obras Palabras invisibles, todo lo que habita el espacio público se transfigura. No existe nada directo y preciso en la ciudad, y de esa manera también la imagen termina por encarnar cientos de naturalezas y mensajes. En eso consiste la habilidad del autor y creador del mural: en que, a partir de un relato establecido (una entidad narrativa pasada y presente), construye un relato creado (la versión futura de aquella narración). La palabra precede a la imagen y le impone un amplio corredor de tránsito.

El origen de las manos, Metro de Madrid. 2021 Artistas: word y Yurika.

Muchas veces, el capricho y deseo de figuración del artista le impide ver esta realidad y, de esa equívoca manera, busca imponer una imagen ajena a sus alrededores. La mancha mural queda reducida a la irrelevancia. “Mi estilo” y “mi obra”, dicen, a sabiendas de que en la calle dichos posesivos son tan ridículos como inútiles.


Cumbiamberos, Izmir (2021). Artistas: word y Yurika.

La imagen nace como aquellas crías de tortugas que se arrastran indefensas en la arena, abandonadas por sus madres y siendo presas fáciles de hambrientos depredadores, hasta llegar al mar: una entidad que empieza a pertenecer a otros de forma inmediata. En la calle, lo privado siempre es sospechoso. Una imagen, cuando triunfa, persiste en el tiempo, pero no por un querer o inversión del artista, sino como un reconocimiento de una masa que la interpela, la abriga y la alimenta. El tiempo es el cáliz del mural; perdurar es su deseo avergonzado.

Colombia esencial, Seúl (2021). Artistas: word y Yurika.

El mural es el resultado de un ejercicio de observación cuidadoso y delicado. Es deber del artista, si su intención es la de perdurar, hacer de sus paisajes internos —como propone el muralista colombiano Ricardo Vásquez Navas en su obra— una representación de un paisaje exterior. Dicha mecánica endilga una responsabilidad: examinar el adentro y el afuera, y por encima de todo, hacerlos coincidir en el mural.

Juego de niños, San Salvador (2022). Artistas: Word y Darwin.
Este ejercicio de observación reconoce, a priori, que no todas las ciudades son la misma ciudad, ni todos los barrios son el mismo barrio, pero también que solo a través de la mirada personal ese territorio insólito que habitamos puede adquirir un carácter humano. La mirada sirve como artefacto de atracción en el que el artista concilia ambos mundos bajo una sola sensibilidad formal. Su propuesta visual única y privada —anclada en referentes y antecedentes, desde luego— es la que pone en consideración de un público anónimo, pero exigente.


Nuestra épica, Metro de Quito (2023). Artistas: Word, Yurika y Raúl Ayala.
Los abrazos vacíos, Bogotá (2024). Artistas: Word y Yurika.


Migraciones Extraordinarias, Ciudad de México,2026. Artista: Word.


Por lo tanto, como enseñan a los abogados en las escuelas de derecho, entre más se pueda predecir al jurado (los transeúntes), más posibilidades se tienen de su aprobación. Dicha predicción, por supuesto, no es una quiromancia. Más bien, es el resultado de la acumulación de la información, del diálogo precedente con vecinos y comunidades que suponga una radiografía emocional que sirva de elemento orientador para el artista y de mapa cardinal de sus miradas. Un mural solitario perece con la primera llovizna. El diálogo debe ser provocado.
Los murales son un gesto de resistencia ante la amenaza social de la virtualidad. En un mundo en el que los principales debates políticos son propiedad de los dueños de las grandes redes sociales, la discusión debe regresar a lo público y a su escenario esencial: la calle. No se exagera si se afirmo que en la actualidad los asuntos de interés para la sociedad han sido empaquetados a conveniencia. La moneda de cambio de las conciencias. La fabricación de la opinión pública la ha debilitado y la ha hecho susceptible a manipulaciones y tergiversaciones que han puesto en riesgo conceptos otrora aceptados, como la democracia, y han hecho aún más difícil la convivencia entre vecinos. En todo caso, y a sabiendas de cómo funciona el capitalismo más salvaje, es poco probable que el remedio a este malestar del debate público surja de esas mismas redes o de su uso. Nada cambiará. Tan controladas y tan obvias, no firmarán una sentencia que reduzca su poder y su alcance. La codicia es un tumor que crece alimentándose del cuerpo que habita. Pero dicho estado es revocable: son tan obvias sus maneras que allí mismo radican sus debilidades.
Un remedio probable aparece ante nosotros: volver a la calle para deshabitar la virtualidad. Vivir en carne propia la ciudad y, al levantar el cuello encogido ante la pantalla, ver el mundo desde nuestra mirada autónoma. Preferir vivir a consumir. Aprehender desde la sensibilidad una realidad que se ha escapado por las horas desperdiciadas de virtualidad. Una calle depende de los pasos que la aplastan y le dan forma; otra vez Richard Long. Que someten sus estructuras y paredes a espectros emocionales y calientan sus vigas con respiros cálidos. La voz debe habitar lo público para revivirlo. Recuperar las tensiones, las contradicciones y los acuerdos que sustancian una ciudad y a sus ciudadanos. Volver a hablar entre nosotros de lo importante —algo tan simple, pero a veces tan inalcanzable—. El espectáculo que promueven las redes hace cernir una fachada sobre lo relevante, inundando todo y todo el tiempo de disparates, anuncios y difamaciones.
Para recuperar lo importante, debemos echar mano también de esos rastros de humanidad (aquellas manchas de color) que encarnan las cuestiones y sensibilidades públicas, y que se erigen como una alternativa de resistencia y de fricción. El mundo no cabe en una pantalla plana.
El relato y la imagen en espacio público, como siempre lo han hecho, detonarán esas conversaciones tan necesarias y fundamentales. Más observación, más escucha, más artistas y más murales. En ese orden. El mural salvará a la ciudad, con sus llamados urgidos y urgentes de realidad, y de paso, servirán de recordatorio de que el otro y cada uno de nosotros aún seguimos aquí. Que no somos —por ahora— avatares.
(Manchas en la pared, texto escrito por Camilo Fidel López con ocasión de la retrospectiva de Vértigo Graffiti en el centro cultural Gabriel García Márquez del Fondo de Cultura Económica, septiembre de 2025)
